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Con JOH en el gobierno, marcado como dictador y como varón de cortísima “felicidad”, el Partido Nacional, en las próximas elecciones, iniciará su extinción en las arenas de la historia. ¿Nadie puede quitar ya la agonía del partido, o morirán de miedo? Otro fraude no es viable, créanlo.

 

 

EDITORIAL

 

Larga agonía, ¿para quién?

 

Son pocos, muy pocos los dictadores que han muerto en el poder, la mayoría fueron botados, algunos huyeron hacia donde nadie los reconociera ¿Y qué puede ser peor para un dios? Otros, incluso, fueron desenterrados de las tumbas y apaleados hasta el cansancio, sus restos fueron dejados a la intemperie cuando ya no servían ni para carroña como le pasó al macabro dictador de Haití, François Papa Doc Duvalier.    

 

Aunque todos los regímenes autoritarios buscan mil pretextos para perpetuarse en el poder y evadir el castigo, siempre caen por la proporción exagerada en que llegan a concentrar tantos serviles y cómplices en todos los pilares estratégicos de la sociedad, en el ocaso los asfixia el colapso del sistema de instituciones que podría darles el oxígeno de subsistencia, aunque resulta contradictorio e imposible para un déspota avivar los signos vitales de una república fuerte o de una potente democracia, en la primera manda el imperio de la ley, se respeta por sobre cualquier interés la división de poderes y, en la otra, el pueblo en verdad toma las decisiones sustanciales de la Nación, la ciudadanía marca el paso.

 

La agonía de los dictadores es permanente, son presa fácil de rufianes, los colaboradores moderados los abandonan cuando sienten la bolsa llena, la corte se llena de periodistas inútiles que asolan el mantel antes que suene la campanilla del botones, abogados tinteros cobran la cifra más alta del arancel por fabricar la impunidad del delito, los lobistas hacen lo mismo, rayan a fondo la tarjeta de crédito presidencial cargada por contribuyentes, los empresarios son aves rapaces ávidas de comerse países y, los militares, a precio de oro, proponen cuerpos especiales para protección del “hombre”, porque todos los sátrapas y los verde oliva sin honor, saben que son odiados hasta por gente del círculo más cercano.

 

El símbolo más temible del régimen de Duvalier fueron los Tontons-Macoutes, una milicia que actuaba fuera de la ley para aplastar toda forma de disidencia y consolidar el poderío del dictador. Luego de ganar unas elecciones insólitas en las que, según el escrutinio oficial, todos votaron por él, se declaró presidente vitalicio en 1964. ¿Algún parecido con Honduras? Tiene razón si piensa en 2017. El dictador nicaragüense Anastasio Somoza tenía la Guardia Nacional y Juan Hernández creó, lisonjea y llena de regalías a la Policía Militar.

 

Sólo en esta dimensión tenebrosa puede entenderse la actual Honduras con 118 masacres en lo que va de 2019, sólo así se comprende la angustia de Bertha Oliva, la hondureña con mayor nombre internacional en defensa de la vida que, “sin olvido ni perdón”, ha dicho a este periódico: “Ya estoy harta de tanta violación a Derechos Humanos”. No está cansada de auxiliar la víctima, la repugna la ausencia de justicia y que el criminal se ha vuelto funcionario, cínico e intocable.

 

Hoy en el país se cumple aquella máxima que el derecho civil está hecho para que el rico le quite la casa al pobre, y el derecho penal para que el pobre vaya a la cárcel cuando reclame esa casa. Bertha lo sufre.

 

¿Pero quién es el atormentado que busca llegar a 2022 diciendo a cada rato que no será candidato presidencial desde la ilegítima reelección? Sólo subsiste porque no tiene oposición y porque EE.UU. públicamente instala fraudes, dictaduras y apoya narcoestados.

 

Con JOH en el gobierno, marcado como dictador y como varón de cortísima “felicidad”, el Partido Nacional, en las próximas elecciones, iniciará su extinción en las arenas de la historia. ¿Nadie puede quitar ya la agonía del partido, o morirán de miedo? Otro fraude no es viable, créanlo.

 

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