“Ahorita no. Ahorita, que dé guerra. Y está bien precisamente porque aquí yo lo excuso, pero no tengo que decírselo. Incitarlo ni empujarlo. Le nace de las entrañas. Batallar. Y ahora batalla por nosotros”, reflexiona el analista hondureño, Rodolfo Pastor Fasquelle.

 

Rodolfo Pastor Fasquelle

Pensador hondureño

(a Mel, y en memoria de Lanza Valeriano)

Hay que decir que Salvador dijo exactamente lo que había que decir cuando le preguntaron si estaba dispuesto a renunciar para afianzar la Alianza. Todos hemos de estar dispuestos a eso. Y por eso mismo, hay que saber que el único que no puede aspirar a la candidatura de La Alianza ya, es quien dice que él tiene que ser la cabeza. Luis la perdió por exigirla. Salva es el candidato. Salve.

Un día tendremos que tener cuidado con él. Tiene limitaciones, le faltan formación y conocimientos, como a ti. Nadie es perfecto. Y nadie más tiene que andar ahorita resintiéndole bobadas, ni caer en el juego cachureco de imaginar moros con trinchete, inventar ofensas y agravios donde no hubo mas que candor y franqueza.  Hay que entender que los alfas somos así y perdonar un poco. Trump y Mel son igualitos. Locuaces e imprudentes. De los que disparan con la boca desde abajito de la cintura, y con los ojos cerrados. Por eso es que se reconocen entre ellos. Desinhibidos y atolondrados. Y no hay que serlo… en la presidencia ni sobre el mapa de estrategia. Problema tendremos entonces, porque si quiere durar, va a necesitar Salvador un nuevo entrenamiento, dejar que disparen otros, desde lejos, armas de precisión, con mira infrarroja telescópica y tendremos que ponerle a ambos lados oficiales encargados de controlar daños, guardaflancos. No aflige.

Afligiría que fuera taimado como aquel, otro pan sin sal, leche que no cuaja. No deberá andar haciendo disparates ni profiriendo ex abruptos, cuando gobierne. Porque el trabajo del gobernante y del candidato son fundamentalmente distintos. (Por eso también no conviene mezclar esos roles en la reelección.) El candidato tiene que proyectarse. Tiene que exponerse para convencer a la gente. Y soy el menos indicado, de todas formas, para reclamarle a nadie sus ignorancias, siendo infinitas las mías ni mucho menos para exigirle a nadie convencionalismos, habiendo sido toda mi vida mal ejemplo, el mas iconoclasta, anti convencional, desinhibido, y expresivo de mis compañeros. El Presidente tiene que saber o reconocer que no sabe y quien sabe y escogerlo. Tiene que estudiar, leer mucho, pensar lo que ha leído, disputar respetuosamente con los sabios discretos. Meditar a solas. Gobernar en equipo.

Un hombre de Estado ha de tener recato y ponderación al expresarse. Cuidar sus lenguajes. Habrá que reclamárselo a Salvador entonces, el comedimiento, segundos después que se le imponga la banda presidencial, que no debería estar guardada en la gaveta de Mel. Al candidato no se le puede hacer ese reclamo. El candidato lo que tiene que hacer es llamar la atención, conseguir la cobertura y asegurar el reconocimiento de la gente, que lo cubran, bien o mal, los medios que lo querrían cercar, aislar, ningunear, ocultar. Por intuición o cálculo, Salvador hace lo que tiene que hacer, irrumpe y rompe el cerco.

Ha de ser sensible el día de mañana a las multitudinarias susceptibilidades, el gobernante, que no estará ahí para hablar si no fundamentalmente para guiar al colectivo, para convocar e inspirarnos en el siguiente paso, para administrar cuidadosamente mientras tanto las cosas de todos, el patrimonio que se le da en custodia, los escasos recursos para cubrir las infinitas necesidades públicas. Y entonces tendrá que ser muy reflexivo y austero.  Y será defecto –en el— no serlo, dejar de ponderar.

Ahorita no. Ahorita, que dé guerra. Y está bien precisamente porque aquí yo lo excuso, pero no tengo que decírselo. Incitarlo ni empujarlo. Le nace de las entrañas. Batallar. Y ahora batalla por nosotros. No permitamos quintacolumnistas y que se quede hablando solo el enemigo. Al que le levanta la mano, meta bala.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar