“Los líderes de todo el mundo han aprendido que pueden hacer lo que quieran sin que Estados Unidos los llame, lo hacen con total impunidad: confiados en que nadie está mirando o nadie los llamará de manera significativa”.

Caían las primeras horas de la noche y brizaba sobre la Plaza Mayor de San José, Costa Rica, eran las 6:00 de la tarde ese 15 de septiembre de 1842, cuando un tribunal rural de mafiosos cipayos costarricenses, españoles vividores y la iglesia ladrona, corrieron a ordenar, sin juicio, el asesinato del unionista de Centroamérica, Francisco Morazán.