Durante décadas, los funcionarios del gobierno han contribuido a generar las condiciones que permitieron que esto ocurra. Un abandono de las necesidades básicas de las personas. La negación de sus derechos básicos, lamenta senador de EE.UU., Patrick Leahy.

 

Quiero expresar mi más profundo pésame y condolencias a la familia de Berta Cáceres, a sus amigos, a su organización COPINH, y a su comunidad, que sienten de manera más directa la gran tristeza de perderla.

 

Berta era una campeona de la defensa de los derechos de los pueblos indígenas y del medio ambiente. Arriesgó su vida por esas causas, haciendo frente a las amenazas y al miedo, sabiendo que cualquier día podía ser el último. Por su valor y compromiso, era admirada en todo el mundo, incluyendo en el Congreso de los Estados Unidos; y por ello será siempre recordada.

 

Pero nosotros sabemos que la vida de Berta fue mucho más que eso. Berta representaba una lucha por la justicia para todo el pueblo de Honduras; y su muerte puede y debe ser un punto de inflexión en esa lucha.

 

Durante décadas yo, como muchos otros, he observado el costo humano. Los pueblos indígenas, poblaciones sin tierra, personas que exigen una vida sana para sus niñas y niños y el alivio del hambre, la pobreza, la injusticia, la corrupción, la codicia y la explotación destructiva del medio ambiente. En lugar de respeto y apoyo, muy a menudo ellos han sido amenazados y asesinados con impunidad.

 

Durante décadas, los funcionarios del gobierno han contribuido a generar las condiciones que permitieron que esto ocurra. Un abandono de las necesidades básicas de las personas. La negación de sus derechos básicos. Los abusos cometidos por las fuerzas armadas y la policía, y por empresas privadas que subvierten el estado de derecho, han sido tolerados e incluso fomentados.

 

Algunas de las mismas personas que ignoraron o desacreditaron a activistas como Berta y a su organización, que los trataron como criminales, han condenado su asesinato – como deben. Esto es una trágica ironía.

 

Mientras recordamos a Berta, debemos preguntarnos cuáles de esas condenas pueden convertirse en una acción significativa y positiva, y cómo el sacrificio de Berta puede ser honrado de la manera más adecuada, para hoy y para las generaciones futuras. Yo puedo sugerir tres maneras:

 

En primer lugar, la investigación de este crimen debe ser independiente y exhaustiva, incluyendo la participación de expertos internacionales. Los responsables de ordenar y ejecutar el crimen deben de ser llevados ante la justicia.

 

En segundo lugar, el Río Blanco y el territorio al que Berta dedicó su vida a defender, deben ser protegidos. El proyecto de la represa de Agua Zarca debe ser abandonado.

 

Y en tercer lugar, todas y todos los hondureños, y de forma más importante sus líderes, deberían dedicarse públicamente a defender el legítimo papel de los activistas como Berta, las organizaciones de la sociedad civil como COPINH, los periodistas independientes y otras personas que ejercen pacíficamente su derecho a exponer la verdad y a exigir una sociedad más justa. Es la responsabilidad del gobierno el protegerlos, no tratarlos como blancos legítimos para ser intimidados y detenidos.

 

Hoy es un día para recordar a Berta y a las causas importantes que ella representaba. Todas y todos los hondureños deben estar agradecidos por su sacrificio. Las generaciones futuras la recordarán por ello. Pero su vida tendrá el más grande significado si quienes le rinden homenaje hoy continúan con su legado como ella lo hubiera querido.

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